Londres, 2013
En la Colina Primorosa llueve. Me siento en los peldaños
de la casa —molduras blancas,
ladrillos ocres, ventanales—
donde estuvo viviendo Engels.
Delante veo el pub —fachada
negra, flores— que me observa.
Los árboles del parque asustan
con la hiel de sus ramas secas.
Todo aquí me resulta espurio,
o mejor, no me da respuesta
alguna. Del presente,
leo el nombre de los comercios,
siempre el dulzor de escaparates
y coches aparcados. Época,
nata sobre un pastel de nada.
